Vivimos, somos; aferrados a las palabras, a los conceptos, a las ideas. Tenemos tan enraizado un sistema de lenguaje verbal que ya no podemos concebir el mundo de ninguna otra manera. Ávidamente buscamos hallar un sentido, una historia, un significado a todo lo que hacemos; a lo que nos rodea. Ya no vemos cosas, sino palabras, y ya no experimentamos sentimientos, sino palabras.

Lo definimos, lo describimos, tratamos de comprender por medio de significantes, de volver al mundo nuestro a través de símbolos, y nos olvidamos por completo de que, al final, son sólo representaciones. Lo vemos, pensamos, lo analizamos, y olvidamos… Vivimos tan aferrados a las palabras que hemos deshabilitado todos nuestros sentires, nuestra forma natural e instintiva de percibir el mundo.

Sofía Hernández Corona


En el círculo negro, Wassily Kandinsky (Óleo pintado en 1923)

Las formas y colores que se ven en el círculo negro de esta pintura tienen una vida misteriosa en un mundo propio. Existen en el plano del cuadro como un cultivo de microorganismos existe en el mundo bidimensional de la platina del microscopio; o como los fenómenos de un planeta desconocido podrían aparecérsele, a vuelo de pájaro, a un observador remoto: se sugiere un campo de acción y dispositivos mecánicos bajo control inteligente, mezclados con símbolos de acontecimientos naturales de gran importancia cósmica. Pues Kandinsky era uno de esos pintores que ven fuerza misteriosa en el arte mismo y a quienes el advenimiento de una nueva época henchía de impulsos proféticos. La obra de Kandinsky sugiere numerosas asociaciones: una influencia teosófica y folklórica, la huella dejada por la postguerra y las revoluciones subsecuentes, así como el fruto de su inquietud por el presente y el futuro, su búsqueda de un equivalente pictórico para la música, la expresión del turbado estado de ánimo de un hombre que se siente impelido a abandonar su patria y buscar una nueva (Kandinsky había ofrecido sus servicios al nuevo Estado Ruso, pero emigró en cuanto vio amenazada su libertad artística). Pero sea cuales fueren las asociaciones que podamos ligar a una obra como ésta, sea cuales fueren las sugerencias que podamos hacer sobre su probable inspiración, la obra no deja de ser completamente abstracta: una abstracción pura que existe por derecho propio.

Lo notable de Kandinsky es que desde el principio disociara tan completamente su obra del mundo objetivo. El cuadro que se reproduce es uno de los últimos ejemplos de sus abstracciones “expresionistas”. Poco después inició un periodo “frío” en el que empleó formas geométricas, compartiendo con otros pintores el deseo de establecer una gramática fundamental de la forma y el color.

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