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Un secreto sobre el genio de Bach y el arte…

Grandeza del genio de Bach

Cuando se ve que un artista escribe un número inmenso de obras de la más variada especie, de tal originalidad que no se parecen a ninguna de las producidas en otras épocas; obras cuyo carácter general consiste en que poseen una abundancia de ideas a la vez profundas y agradables, de tal manera que el auditor, conocedor o no, no puede por menos de gozar de su encanto, apenas hace falta preguntarse si tal músico era o no un genio. La más fértil imaginación, la facultad de creación más inagotable, un juicio depurado y una asombrosa sagacidad, un gusto de una seguridad poco común que le hacía borrar cualquier nota que no estuviese en estrecha relación con el conjunto de la composición, una genialidad sin ejemplo en el empleo de los recursos más delicados y más insólitos en el arte, un talento sin igual en la ejecución de los instrumentos: tales son las cualidades que necesita la acción común de todas las potencias del espíritu. Caracteres realmente geniales, de tal manera que quienes no puedan descubrirlos en Bach y en sus obras es que no las conocen o que solamente las conocen de manera imperfecta. Es menester, en efecto, asimilarse estas composiciones para poderlas apreciar, tanto a ellas en sí mismas como al genio del autor. Semejante tarea supone, por parte del aficionado, un estudio serio y tenaz. El espíritu ligero y frívolo que revuela sin cesar de flor en flor, sin detenerse en ninguna, nada tiene que hacer aquí.

A pesar de los admirables dones que había recibido de la naturaleza, nunca habría llegado a ser el artista tan completo que conocemos si no hubiera aprendido desde un comienzo a evitar muchos escollos en los cuales tropiezan artistas tan ricamente dotados como él mismo. Aquí se indicarán algunas observaciones sobre este hecho particular, en las cuales pueden apreciarse los principales caracteres del genio de Bach.

El mayor talento unido a la inclinación más decidida sobre la cultura de un arte determinado no constituye desde su arranque más que un terreno fértil en el cual el arte de que se trata no prospera si no se trabaja ese terreno de manera infatigable. El trabajo, padre de todas las artes y todas las ciencias, muestra aquí su necesidad absoluta. Gracias a él el genio llega a dominar los recursos mecánicos del arte, incitando a la vez al juicio y a la reflexión para que colaboren en la producción de la obra. La facilidad con la cual el genio se asimila los diversos procedimientos relativos a la composición musical desde que los aplica a sus primeras producciones es una virtud frecuentemente engañosa, porque impulsa al artista a escalar los primeros elementos del arte sin conocerlos a fondo, aventurándose en dificultades a veces irresolubles. Por eso se ve cómo hay artistas que quieren echar a volar atrevidamente antes de que les broten las alas. Será un artista perdido si no sabe retroceder al periodo primitivo en el que su educación descuidada debe rehacerse desde su base merced al estudio asiduo de las obras de los autores clásicos que le han precedido. Puede afirmarse que desperdiciará inútilmente sus fuerzas y que no alcanzará nunca las cimas del arte si procede de otra manera. En efecto, es enteramente cierto que no hay posibilidad de progreso ni de llegar a la perfección si se desdeñan los primeros principios. Precisa haber aprendido desde el comienzo a vencer las cosas fáciles para dominar en lo sucesivo las dificultades, y puede considerarse como un principio sólidamente establecido que nadie puede llegar a ser un gran artista únicamente con su propia experiencia, y sin haber aprovechado las experiencias anteriores. Bach supo evitar estos peligros.

Un trabajo tenaz venía en ayuda de su ardiente genio, impulsándole a buscar modelos en torno suyo cuando no podía salir triunfante con la sola ayuda de sus fuerzas. Primero se ayudó con los concerti de Vivaldi. Más tarde empleó con el mismo objeto las obras de los compositores de su época que escribieron mejor para los claves y el órgano. No hay mejor procedimiento para fortificar la potencia de reflexión de un compositor joven que el estudio del contrapunto. Los artistas de los cuales se ha hablado en las líneas anteriores conocían perfectamente este arte. Sus fugas, construidas correctamente, sirven de prueba evidente de su ciencia en cuanto a los procedimientos. Era, pues, natural que Bach los estudiase con toda diligencia y los imitase a fin de aumentar progresivamente la fuerza de su juicio y su pensamiento. De este modo llegaba a descubrir en seguida los defectos de sus propios ensayos, comprendiendo cuáles eran las cualidades que necesitaba adquirir para marchar en su arte con la seguridad de realizar en firme los mayores progresos.

Un segundo escollo que asecha al genio es la alabanza exagerada de que se le cubre desde sus comienzos. En verdad, no me jacto de desdeñar los aplausos del público hasta el punto de aquel griego que decía a uno de sus discípulos cuando había obtenido un triunfo en el teatro: “ha debido usted tocar muy mal, porque de otro modo el pueblo no le habría aplaudido tanto”. Pero no puede negarse el daño que hacen al artista los elogios exagerados y frecuentemente no merecidos de los que a veces se le llena. ¿Qué decir, sobre todo, de esas alabanzas con las que se le inunda prematuramente cuando no ha podido adquirir todavía ni el juicio suficiente ni el indispensable conocimiento de sí mismo? El público quiere cosas a la altura de su talla: el verdadero artista aspira hacia lo divino ¿Cómo conciliar, pues, los aplausos de la multitud y estas aspiraciones del artista hacia lo ideal? Nunca buscó Bach aplausos de tal índole, sino que pensaba como Schiller:

Kannst du nach allen gefallen durch deine Tat und dein Kunstwerk.
Mach’es weningen recht; vielen gefallen ist schlimm.

Si no puedes agradar a todos con tu conducta y en tus obras de arte,
procura, por lo menos, satisfacer a algunos: agradar a muchos es malo.

Bach, como todo genio verdadero, trabajaba para sí mismo obedeciendo a sus aspiraciones, satisfaciendo su propio gusto, escogiendo sus temas según su propósito y sin que hallase placer más que en su propia satisfacción. Los aplausos de los conocedores no podían faltarle y no le faltaron. ¿Cómo podría, si no, producirse una obra de arte? Pero el artista que quiere modelar sus obras basándose en el gusto de una clase particular de aficionados carece de genio o abusa de él. Porque si quiere seguir el gusto dominante de las masas, sólo necesitará cierta habilidad para manejar con eficacia sus materiales sonoros. Los artistas de esta calaña se parecen mucho al fabricante que manufactura sus productos al gusto de sus clientes. Nunca hubiera consentido Bach en someterse a condiciones análogas. Pensaba que el deber del artista consistía en formar al público y no en dejarse guiar por él. A veces ocurría que venían a buscarle para pedirle un trozo muy fácil para clavicordio. Entonces, se dice que él respondía invariablemente: “Veremos qué es lo que puedo hacer”. Escogía por lo regular un tema fácil, pero al trabajarlo tenía tantas cosas que decir, que el trozo se hacía cada vez más difícil.  Cuando el cliente se lamentaba de ello, Bach se echaba a reír y decía: “Trabájelo usted con diligencia y verá usted cómo marcha muy bien. Usted tiene en cada una de sus dos manos cinco dedos tan buenos como los míos”. Un concepto real del arte y no el puro capricho era lo que le hacía pensar y hablar así.

Este concepto tan exacto le conducía a lo grande y a lo sublime. Nosotros le debemos los más altos goces en lugar del efecto agradable y efímero que procuran las obras ordinarias. Estas últimas nos sorprenden por un momento, mientras que el efecto de las otras es duradero y potente. Conforme las escuchamos con mayor frecuencia, más nos familiarizamos con ellas. Después de haberlas considerado mil veces, siempre encontramos que hay que estudiar en ellas algo nuevo que nos admira y nos sorprende, tan considerable es el tesoro de ideas que revelan. Incluso aquellos que no son conocedores y que apenas saben más que su alfabeto musical, no pueden reprimir su admiración tan pronto llegan a poder ejecutar estos trozos, abriéndoles sin prejuicios su oído y su corazón. Y precisamente a este concepto del arte es a lo que Bach debe su manera de unir un estilo grandioso y magistral junto a una elegancia refinada, y a la mayor precisión en el tejido de las voces, cualidades que parecerían accesorias en composiciones cuyo único objeto no consiste exclusivamente en ser agradables. En efecto, una idea netamente arraigada en Bach, es la de que un conjunto no puede ser perfecto si falta algo a la precisión de las partes separadas. En fin, si a pesar de su pasión por lo bello y lo sublime le ocurría componer y ejecutar a veces cosas alegres y placenteras, estas cualidades eran las de un justo.

Al unir su trabajo infatigable con las más asombrosas genialidades es como Juan Sebastián Bach logró extender los límites de su arte, cualquiera que fuese la rama que había escogido como objeto de sus estudios. Sus sucesores no fueron capaces de conservar toda la anchura que Bach dio a sus dominios. Si Bach pudo hacerlo, se debe tanto a su juicio como a su trabajo.

J. N. Forkel

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