Ciencia, Música

Estructura musical

Esencialmente, cualquier visión reflejada sobre la existencia reclama un orden para su comprensibilidad, de la cual cada cultura establece los preceptos con los que hay que considerarla según sus propias convicciones. Los cánones clásicos griegos erigieron al orden como una idea alejada del azar y de las creencias supersticiosas respecto a los astros y los dioses; llevándolo a ser una cuestión en la que se cumple una razón originaria de una esencia inmaterial. A un sistema en el que se solidifica esta razón se le llama estructura, la cual puede ser entendida como “una conexión estable entre las partes de este sistema y su totalidad, las cuales, a su vez, se ajustan a uno o varios preceptos”.

Para quien busca escuchar la música de una forma consciente, uno de los conceptos más importantes que debe tomar en cuenta es el de la estructura musical, mismo que no es diferente al que se aplica en cualquier otra disciplina artística, es decir, “la organización coherente del material utilizado por el artista”, en este caso: el sonido y sus cualidades, los elementos de la música, las distintas texturas aplicadas y el gran legajo de estudios que se han realizado a lo largo de la historia, acerca de teoría musical, armonía, contrapunto, orquestación, musicología, acústica, composición, entre otras materias no menos importantes.

Estructura de una composición visual

Al principio resulta un tanto difícil tener siempre presente la idea que enlaza a una obra musical completa (dependiendo también del grado de complejidad de la obra), pues en este arte, la estructuración que realiza un compositor resulta más abstracta que en otras artes que cuentan con un mayor apoyo visual; como una pintura, que refleja una escena o un cuerpo objetivo; una obra de teatro, que nos cuenta una historia; o un ballet, en el cual podemos percibir por medio de representaciones visuales la trama expresada. Cuando se escucha la música solamente, y de una forma consciente, notamos que muchas veces ésta adquiere su valor estético y sentimental sus cualidades en sí misma, es decir, su arquitectura no se encuentra basada en algo realmente existente, sino que nace de una idea completamente introspectiva. Es cierto que no son pocas las obras musicales que su fundamento compositivo deriva de una obra literaria o pictórica; tales como “Cuadros de una exposición”, de Músorgski; “La isla de los muertos”, de Rachmaninov; o la “Sinfonía del Fausto”, de Franz Liszt; sin embargo, la música aislada de cualquiera de estos temas resulta ser siempre una idealización distinta para cada persona que la escuche. De ello que la estructura musical adquiera un significado difuminado desde la creación de su concepto.

Es común encontrar a la forma como un modo de explicar la estructura musical, implantándolo como un “molde formal” establecido y dispuesto a ser llenado con sonidos, dando a entender que el compositor depende de ella para crear su obra, cuando en realidad es la forma musical la que depende del compositor a la hora de engendrar una nueva pieza, pues rara vez se ha contemplado un verdadero seguimiento de estas reglas en una de las grandes obras musicales. Por esto, en palabras de Aaron Copland, se define a la forma musical como “el crecimiento gradual de un organismo vivo a partir de cualquier premisa que el compositor escoja”.

La audiencia de un recital académico debe tener claridad sobre la relación que existe entre esta “forma” y el compositor de la obra que se esté ejecutando. Al realizar un breve análisis podemos observar que estas formas tienen ciencia atrás, pues han sido desarrolladas a través de generaciones mediante la experiencia de innumerables compositores, musicólogos, teóricos y filósofos de las distintas culturas en el mundo. Por eso, hoy día, dentro del arte academicista, parece un disparate la idea de tirar por la borda toda esa experiencia documentada a la hora de atreverse a realizar una nueva obra. Puede decirse que, de la misma manera en que un pintor o dibujante bosqueja sobre un lienzo basándose en un “esqueleto” de proporción aurea, y un dramaturgo escribe una tragedia sobre tres actos; el compositor docto, antes de escribir la primera nota de una nueva pieza, tiene siempre en cuenta y de forma inherente todos estos “moldes formales” conocidos, mismos que le serán útiles hasta para el estímulo de su creatividad.

El resultado que se obtiene hay que buscarlo tomando en cuenta dos aspectos: el primero son los preceptos generales del molde formal que estemos escuchando y el segundo es el contenido con el que el compositor dará a ese molde formal un carácter personal, y con el cual sabremos identificar entre dos obras que, aunque estén compuestas con la misma estructura, la misma tonalidad y la misma instrumentación, nunca serán siquiera semejantes. Siguiendo estos dos conceptos encontraremos el sentido de “dirección” que lleva la obra, mismo que producirá en nosotros, al momento de escucharla, una sensación de satisfacción por comprender la coherencia que se produce con las ideas musicales con las que el compositor concibió una gran obra musical.

Alan Cabrera