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La textura musical

Cuando escuchamos una obra musical, lo hacemos dependiendo de las condiciones y perspectivas con las cuales contamos según nuestra educación musical. De cierta manera nos es relativamente fácil escuchar y comprender de forma intuitiva los elementos que la componen, sea el ritmo, la melodía y/o la armonía; pero ¿qué escuchamos realmente cuando apreciamos la cohesión de estos elementos? Aquello que escuchamos es la textura musical.

La textura musical es la manera en que se disponen y combinan los elementos de la música, tanto de forma horizontal (melodía) como vertical (armonía) y mixta. Existen tres principales tipos de textura musical: la monofónica, la homofónica y la polifónica.

La textura monofónica no es más que la melodía sola, siendo por ello la textura más simple de todas. Estamos hablando entonces de toda la música solista compuesta para cualquier instrumento (frecuentemente voz o instrumentos de viento -así sean maderas o metales-) siempre y cuando exista en ella una melodía sola, así sea una obra completa o un fragmento. El canto gregoriano es un claro ejemplo de música monofónica, pues a pesar de que por lo general son varias personas quienes la ejecutan al mismo tiempo, éstas interpretan la misma melodía. Cabe mencionar que, en esta textura, a pesar de no haber una “línea de acompañamiento”, existe una armonía musical implícita, ya que, al estar compuesta sobre los fundamentos inmutables de la música, la melodía misma sugiere la estructura vertical inexistente.

MONOFÓNICA: En el canto gregoriano auténtico, todas las voces de un coro interpretan la misma melodía (unísono).

La textura homofónica se compone de una melodía principal y un sistema de acordes que la acompañan, si no en su totalidad, casi con los mismos valores rítmicos de la melodía principal. Se trata, pues, de una polifonía rudimentaria fundamentada en el desplazamiento paralelo de las distintas voces que la componen. El ejemplo por excelencia de la textura homofónica es el Órganum, que consiste, precisamente, en la repetición paralela de una melodía, generalmente a la distancia de una quinta justa. Las composiciones corales son también un claro ejemplo del carácter homofónico, las líneas melódicas que lo componen son diatónicas y mantienen un ritmo lento y pausado entre sí, con la finalidad de que la interpretación y comprensión de las palabras del texto sea de una manera sencilla. Cabe mencionar que sobre esta textura se puede originar una variación al “figurar” los acordes que conforman las notas de las distintas melodías; esta “figuración” se da al fragmentar el acorde generado en distintas figuras, convirtiéndolas, por ejemplo, en arpegios.

Fragmento del Nocturno en C#m de F. Chopin; claro ejemplo de la textura musical homofónica.

La textura polifónica es aquella en la que la atención deja de concentrarse en una sola melodía, pues se compone de distintas líneas melódicas (cada una con distintos ritmos y gran variedad de alturas) que se ejecutan de forma simultánea. Se habla aquí de un carácter contrapuntístico, lo cual significa que la intención de las múltiples melodías es obtener un “equilibrio armónico”, presentando además la esencia del autor en la creatividad aplicada a la composición. Hay que tener en cuenta que la música polifónica escrita en distintas épocas debe escucharse también de distintas formas; no es lo mismo escuchar un motete de Palestrina que escuchar un nocturno de Chopin, y no sólo en el aspecto emocional sino también en el técnico, porque la visión de polifonía es completamente distinta de una época a otra. La textura polifónica se consolida en las distintas opiniones sobre cuántas líneas melódicas puede percibir el oído humano; es por eso que algunos musicólogos afirman que esta textura realza sobre todo una cualidad de carácter intelectual impuesta, y no natural, pues exige tanto al compositor como al oyente un mayor esfuerzo para desarrollar la habilidad de poder comprenderla en su totalidad.

El más claro ejemplo de la música polifónica es la conjunción de la orquesta en una obra musical, con sus distintos ritmos, alturas y matices.

Es claro que no todas las obras musicales se desarrollan en una sola textura musical; una pieza musical adquiere mayor valor estético y expresivo cuando se combinan las texturas de una forma adecuada. El efecto que tienen estas piezas más complejas sobre el oyente educado musicalmente es el de lograr una atención más activa, de lo cual el oyente obtiene a modo de recompensa una interacción más recóndita con las ideas y esencia del compositor, logrando también apreciar la música de una forma más completa.