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“Científicamente comprobado”, frase de charlatanes

Existe una frase que jamás oirás pronunciar a un científico: está científicamente comprobado. Esta frase es propia, únicamente, de los anuncios de artículos para aseo personal, detergentes y remedios varios, así como en las afirmaciones de los charlatanes. En pocas palabras, la gente la usa para convencer de cosas dudosas. Estas personas tienen una idea falsa de la ciencia. Es la idea que se ve en la televisión y a veces, lamentablemente, en la escuela, donde nos presentan a la ciencia como un conjunto de verdades absolutas descubiertas por una sucesión de personajes geniales, que se dan muy de vez en cuando como fenómenos de circo. En esta idea de la ciencia, cada “gran genio” tiene una inspiración repentina y añade un ladrillo inamovible a la construcción de la verdad absoluta: a Isaac Newton le cayó una manzana en la cabeza y acto seguido formuló la ley de la gravitación universal; Edwin Hubble se asomó por la mirilla del telescopio y vio el universo expandirse; Albert Einstein dijo que todo es relativo y todos lo veneran sin discusión. 

“Cuadrilla Piltdown” – John Cooke. Cuadro en el que se representa la discusión sobre la teoría del “Hombre de Piltdown”

Afortunadamente, la ciencia no es así de monolítica y aburrida. Más que la aceptación sumisa de verdades dictadas por grandes genios, en la ciencia lo cotidiano es la discusión encarnizada (aunque generalmente cortés). Ninguna afirmación o descubrimiento en la ciencia se acepta sin una buena dosis de oposición. Si hoy enseñamos a Newton en la escuela es porque la discusión acerca de su trabajo ya sucedió. Un científico, además de probar (en el sentido de ensayar) sus ideas hasta quedar personalmente satisfecho, tiene que convencer a una comunidad de profesionales muy exigentes que no lo van a dejar salirse con la suya fácilmente. Una vez convencidos esos profesionales, la afirmación se acepta provisionalmente y hasta nuevo aviso. Y jamás se convence a toda la comunidad pertinente (o rara vez…). Por ejemplo:

 

Extinción de dinosaurios:

Todo parece indicar que hace 65 millones de años, más o menos, se extinguió, en relativamente poco tiempo, el 75% de las especies de plantas y animales de aquella época, incluyendo, claro, a todas las especies de dinosaurios. Hasta hace menos de medio siglo, la causa era motivo de discusión: cambios climáticos (pero a qué se debían), actividad volcánica desbocada, epidemias horribles.

El físico Luis Álvarez, en su laboratorio, preparándose para evacuar un contador de Geiger

En 1979, Luis y Walter Álvarez, padre e hijo, propusieron otra interpretación de las pruebas. En los estratos geológicos correspondientes a la época de la gran extinción de fines del periodo cretácico había una capa de alrededor de un centímetro de espesor de material gris. En ese material, los Álvarez encontraron mucho iridio y otros metales. El iridio es poco común en la Tierra, pero se encuentra en concentraciones mayores en ciertos meteoritos. De hecho la composición química del material depositado en esa capa de arcilla es casi idéntica a la de esos meteoritos. Los Álvarez propusieron que era la huella del impacto de un meteorito gigante y que los efectos de ese impacto habían producido la gran extinción.

La mayoría de geólogos y paleontólogos (la comunidad pertinente en este caso) se rieron de ellos, literalmente. Incluso un geólogo escribió, con sentido de burla, en el New York Times: “Los científicos deberían dejarles a los astrólogos la tarea de buscar en las estrellas las causas de lo que ocurre en el mundo”.

Durante los años 80 se fueron acumulando más pruebas a favor de la hipótesis de los Álvarez y la comunidad se fue convenciendo. Faltaba encontrar el cráter que dejó el impacto del meteorito. En 1991 se propuso un cráter subterráneo de 180 kilómetros de diámetro que se encuentra entre la península de Yucatán y el mar Caribe.

Hoy día, y desde el inicio del siglo XXI, la mayoría de los interesados aceptan dos cosas:

  1. Que la extinción del cretácico se debió a los efectos del impacto de un meteorito de 10 kilómetros de diámetro.
  2. Que el cráter de Chicxulub es la huella de ese impacto.

Pero no todo el mundo está convencido ni de lo uno ni de lo otro, y las objeciones de los disidentes no se pueden echar en saco roto. No son unos locos ni unos necios que no aceptan la verdad, sino unos científicos serios que están haciendo su trabajo, que es: no dejar pasar resultados sin someterlos a la más intensa discusión.

La frase científicamente comprobado se usa únicamente para amedrentar y anjar a fuerzas cualquier discusión, jamás vendrá de los labios de un verdadero científico.