Literatura

3 Claridad (estilo)

Claridad

La claridad es la cualidad fundamental del estilo. Como éste no es más que la expresión del pensamiento, debe llenar claramente su objeto, pues de otra manera resultaría insuficiente. Sin claridad las galas más opulentas del estilo cansarían al lector sin agradarle, y las obras meramente artísticas no producirían la emoción estética.

Claridad es la calidad por medio de la cual, desde luego y sin esfuerzo alguno, se comprende el pensamiento expresado por la palabra.

Es preciso que la expresión sea de tal modo clara que la idea llegue a la inteligencia como la luz del sol a las pupilas. Por tanto el autor debe huir de los términos equívocos o vagos, de la inversión forzada, de las construcciones laboriosas, de los paréntesis largos y frecuentes, de la difusión y de las repeticiones. Se peca contra la claridad de dos maneras: por el pensamiento y por la expresión.


La oscuridad del pensamiento produce la oscuridad del estilo. La oscuridad del estilo proviene de la comprensión incompleta de aquello que queremos decir, y también del afán en algunos escritores de parecer finos, delicados, profundos y misteriosos, con objeto de alcanzar la admiración del vulgo, siempre dispuesto a celebrar lo que no entiende.

Ejemplo tomado de un autor contemporáneo:

“Iba por la calle plenamente feliz, viendo a los duendecillos danzarines que libelulueaban ante sus ojos errantes e inflamados por el absintio; su vieja corbata deshecha flotaba al viento como un velacho; su fieltro hongo pegábase innoblemente sobre sus luengos cabellos grises, y semejaba un murciélago sobre una chimenea; sus harapos destrozados remedaban grotescamente una americana abotonada y un pantalón holgado; y de su barba en torbellinos surgía una nariz perfilada en Bizancio, y asomábase a menudo un engarce de dientes blancos tras sus labios marchitos, quemados por la combustión diaria del alcohol”.

Como fácilmente puede verse en el trozo anterior que revela gran espíritu observativo y talento colorista, el autor tiene frases oscuras, procedentes de la incorrección gramatical y del empeño en parecer delicado y exquisito.

Ejemplos:

(1)
“La elocuencia de un orador mediano junto a la de un orador hábil es un camino real paralelo a un torrente”. – Víctor Hugo

El defecto de que adolece esta cláusula se llama galimatías, que es una manifestación de oscuridad.

(2)
“¿Será que siempre la ambición sangrienta
O del solio el poder pronuncie sólo,
Cuando la trompa de la fama alienta
Vuestro divino labio, hijos de Apolo?”
– Manuel José Quintana

Nótese en estos versos la oscuridad de expresión.


La inversión forzada es frecuentemente causa de oscuridad.

Ejemplo:

“Suspendidas en el templo el fuego del santuario iluminaba las armas del guerrero”.

Debe decirse:

“El fuego del santuario iluminaba las armas del guerrero suspendidas en el templo”.

Todavía es más oscura la inversión que advertimos en los versos de un célebre poeta español:

“¡Cuántas, ¡ay! qué apacibles
Horas en dulces pláticas pasadas
Betis me viera de tu voz pendiente!”
– Juan Nicasio Gallego (A la Muerte de la Duquesa de Frías).

Como se ve, en estos versos el hipérbaton y la inversión del giro hacen incomprensibles los conceptos.

Ejemplo:

“De pronto el rodar de un coche oyóse en la calle”.

Debe decir:

“De pronto se oyó en la calle el rodar de un coche”.

Este abuso de la trasposición fue graciosamente criticado por un poeta español, en estos versos:

“En una de fregar cayó caldera,
Trasposición se llama esta figura,
De agua acabada de poner al fuego”.
– Lope de Vega

Como un ejemplo de oscuridad y de estilo casi laberínticos e impenetrables, citaremos los siguientes versos de un poeta mexicano, de no escasos conocimientos, pero de gusto extraviado:

“Tu dulce hermana dulce melodía
Al piano hace vibrar ; tú americana
Fatigas invención para galana
Compostura lucir que te atavía”.
– Edmundo Bazán y Caravantes

El autor ha querido decir que una señorita toca el piano, y la otra (a quien el poeta se dirige) está haciendo un vestido en una máquina de coser.


La oscuridad de expresión proviene del empleo de construcciones laboriosas prohibidas por la sintaxis, y del uso de términos impropios e inexactos.

La claridad del estilo depende de la pureza, de la propiedad y de la precisión.

Ejemplos:

(1)
“¡Oh recuerdos, encantos y alegrías
De los pasados días!
¡Oh gratos sueños de color de rosa!
Oh dorada ilusión de alas abiertas
Que a la vida despiertas
En nuestra breve primavera hermosa!

¡Volved, volved a mí! ¡Tended el vuelo
Y bajadme del cielo
La imagen de mi amor, casto y bendito!
¡Lucid al sol las juveniles galas,
Y vuestras leves alas
Refresquen, ay, mi corazón marchito!”

– Gaspar Núñez de Arce (Idilio).

 

(2)
“Magnífica y grandilocuente, juntando en los rasgos de su fisonomía la belleza de los idiomas clásicos con la brillantez del colorido de los orientales, presentóseme esmaltada con las perfecciones más aventajadas con que se enaltece el habla de un pueblo. En los monumentos levantados a su gloria y por la eficacia de su virtud hallé reunidas en consorcio admirable, la nobleza de la idea y la expresión más gallarda de la forma, los colores más ricos de la imaginación y los tesoros más delicados del sentimiento, los esplendores de la materia y los deleites más apacibles del espíritu. Y en la abundancia incalculable de sus palabras, en la variedad de sus modos de decir, en sus sales y donaires, en la energía varonil de sus frases y geniales expresiones, en la facilidad, en fin, con que se acomoda, así a los movimientos más vehementes de la elocuencia como a la declaración de los sentimientos más suaves y tranquilos del alma, admiré tantas grandezas y perfecciones que no pude menos de tenerla por la hija más afortunada de aquella matrona nobilísima, que, salida de Lacio, acompañó al pueblo romano en sus descubrimientos y conquistas, heredera de su augusta majestad, maestra de toda urbanidad y cortesanía, archivo de todo primor y gentileza”.

– (El P. Miguel Mir, hablando de la lengua castellana, en su Discurso de Recepción en la Real Academia Española).

Admírese la belleza de este magistral estilo, calificado de níveo y lácteo por el príncipe de los críticos españoles, Menéndez y Pelayo.