“Arte y literatura” – Loren Entz

Si hemos de dar un concepto general, “el arte es la actividad instauradora”, es el conjunto de las búsquedas, orientadas y motivadas, que tienden expresamente a conducir un ser desde la nada, o desde un caos inicial, hasta la existencia completa, singular, concreta, de la que da fe su presencia indiscutible.

En esas búsquedas se trata nada menos de su aspecto ejecutivo y práctico, que del espíritu que las anima: es decir, exactamente, de los motivos de todos los actos gracias a los cuales se opera esa anaforia, ese progresivo desarrollo de un ser, desde la nada hasta su plena realización. El arte es lo que decide de los efectos que conviene producir, y de las causas que habrán de producirlos; de la justa disposición de las calidades, que habrán de brotar progresivamente en la obra. Del caminar del ser, objeto de sus preocupaciones, hacia ese término definitivo y culminante, umbral de su existencia plena: su realización. El arte no es únicamente lo que produce la obra; es lo que la guía y orienta.

Por esto puede decirse del arte, con precisión aunque en términos algo herméticos, que es “la dialéctica de la promoción anafórica”. O, para expresarnos en un lenguaje menos esotérico, que el arte es “la sabiduría instaurativa”. Dejando bien sentado que esta palabra, sabiduría, que implica la adquisición intuitiva, y la posesión, el uso activo y concreto de una ciencia rectora, que divisa en lontananza las consecuencias futuras y las armonías de conjunto, no excluye, ni la potencia, ni el amor. ¡Sabiduría! Este término sólo podrá chocar a aquellos que en el arte ven una locura, una desorbitación, una inconsciencia, por ignorar todo lo que en sus exaltaciones más febriles encierra de conocimiento y control de equilibrio, de normas de medida y de exactitud. Y también chocará, a la inversa, a los que no reflexionan, en todo cuanto se supone que existe de arte en un mundo, cuando se cree ver en este mundo la sabiduría de un creador.

Étienne Souriau