El escrito que se presenta a continuación fue publicado en la revista de filosofía “Thémata” (Núm. 37, 2006) bajo el nombre de “Movimiento esencial en el espacio. El diálogo sobre la danza de Luciano Samosata”, el cual reflexiona sobre uno de los textos básicos de la filosofía de la danza. Destaca por ser uno de los primeros textos de esta materia en la tradición occidental y por poner las bases para las reflexiones que se realizarán sobre la danza en el resto de las etapas de la historia. El autor de este escrito es Francisco Rodríguez, catedrático de Filosofía en la Universidad de Sevilla.

“En el principio era la Danza, y la Danza era el Ritmo.
Y la Danza estaba en el Ritmo.
En el principio era el Ritmo, todo ha sido hecho por él,
y sin él nada ha sido hecho”.
Serge Lifar

“El foyer de la danza en la Ópera” (1872) – Edgar Degas

Hoy en día la danza no necesita de ninguna apología. Todo el mundo –el espíritu de una época que cada vez admite menos espíritus- reconoce que es un arte con todos los honores. En todo caso cabría defenderla de ser un «arte menor», pero esa defensa sólo habría que darla para ciertas tradiciones a las que tenemos que tildar de poco contemporáneas. Es más, hay que decirlo, la danza es una de las artes de moda dentro de la postmodernidad. 

Pero la situación de privilegio artístico de la que goza hoy no la tenía en tiempos de Luciano de Samosata. Hay testimonios más que suficientes como para decir que, en el siglo II de nuestra era, la danza no es un espectáculo bien visto en todos los ambientes y, aún menos, entre los intelectuales. Su situación maldita me recuerda mucho a la más conocida del teatro en el siglo XVII, en la que las clases influyentes lo ven como un espectáculo chabacano, vulgar, que atenta contra las buenas costumbres y las tradiciones más sólidas de la cultura y la civilización. En el siglo II después de Cristo, la danza necesitaba de una apología y eso es precisamente lo que hace Luciano en su diálogo y de lo que, en parte, vamos a tratar. Digo «en parte» porque considero –y voy desvelando el auténtico motivo de hablar de este tema- que lo que realmente hace Luciano va más allá de la apología para convertirse en una teoría del arte de la danza, de tal manera que mucho de lo que se ha dicho después sobre ella –cuando ya no necesitaba de apologías- se apoya en las reflexiones y pensamientos de nuestro autor.

Para exponer las ideas que sostengo voy a dividir mi intervención en tres puntos. En el primero haré una semblanza de Luciano y de la estructura formal de su diálogo. En el segundo intentaré recoger las aportaciones fundamentales que hace a la estética del baile. En el tercero, con mucha brevedad, trataré de algunas cosas que no pudo ver Luciano, lo que dice mucho de la capacidad creativa de los siglos que han transcurrido desde él y que han convertido a la danza en un arte sublime, grandioso e independiente. Quiero advertir que en mi exposición no voy a repetir a Luciano, voy a explicarlo y a valorarlo. Creo que esa es mi misión aquí más que la de leer o resumir. Creo que mostrar algunos elementos de pensamiento es la mejor forma de contribuir a una lectura directa del autor.

1.- Semblanza de Luciano y estructura de Sobre la danza.

Luciano nació en Siria, en la pequeña ciudad de Samosata, bañada por el legendario río Éufrates, en el siglo II después de Cristo. Su vida, aproximadamente ya que no hay constancia fidedigna de fechas, transcurrió entre los años 120 a 180 de nuestra era. Los primeros años de su vida no fueron fáciles, ya que no es fácil eso de ser pobre, pero de su destino originario de mediocre escultor supo abrirse camino a los estudios de retórica que eran los que su inclinación deseaba. Como abogado y sofista, desempeñando algún que otro cargo de embajador, va de ciudad en ciudad viajando por el Asia Menor, por Grecia, Italia y la Galia. Alrededor del año 165 se establece en Atenas donde funda una escuela de Retórica y donde tiene posibilidad de escribir sus obras más sobresalientes. A la vejez, “con un pie en la barca de Caronte”, acepta un puesto administrativo de funcionario civil del Imperio en Egipto. Él, que siempre había defendido la libertad de acción frente al poder establecido, muere desempeñándolo en la fecha que antes he indicado.

“Luciano imaginado” – William Faithorne

Luciano es un autor importante, posiblemente no llegue a la altura de Cicerón o Séneca, pero tiene muchas cosas que decir y, además de lo que tenía que decir, sabía suficientemente bien cómo decirlo para que sus discursos llegaran a la inteligencia de sus interlocutores y despertaran un fuerte interés. Quizás no sea un “genio”, pero desde luego merece la pena leerlo. Luciano se acercó mucho a los cínicos y hacía gala de cierto escepticismo y su forma de escribir tiene tal ironía, tal gracia corrosiva, que sin duda despertará más de una sonrisa en todo aquel que lo lea. Sus argumentaciones críticas y la sátira en, por ejemplo, Las Saturnales o en Apología de los que están a sueldo son, sin duda, fuera de serie. Además tenemos la posibilidad de leerlo en nuestra propia lengua ya que sus obras completas están traducidas y publicadas en cuatro volúmenes por la editorial Gredos. Ojalá que este escrito mío sirva para que alguien se acerque con curiosidad a alguna de sus obras, especialmente a aquella sobre la que nos toca hablar.

El diálogo Sobre la danza parece ser que data de la estancia de Luciano en Antioquía y que fue escrito entre los años 163 y 164. En él se enfrentan dos amigos: Cratón y Licino en el que el segundo se defiende de su gusto por la danza ante las duras acusaciones de Cratón. Esas acusaciones podemos simplificarlas en tres: la danza es algo vulgar, algo afeminado y algo moderno en el mal sentido de la palabra. No comprende cómo Licino, a quien creía un hombre serio, puede preferir la danza a los filósofos clásicos o a la tragedia y a la comedia. Ante eso Licino responde que tales afirmaciones están hechas por ignorancia de ese arte, por prejuicios diríamos nosotros, y, por ello, Licino propone a Cratón que escuche un elogio de la danza. Cratón acepta por su amistad con Licino. Y es que la amistad hace soportar a veces las cosas más penosas con tal de agradar al amigo. La defensa que promete Licino es notable ya que, según él, la danza “no sólo es placentera sino también útil a los espectadores, cuánta cultura e instrucción imparte, cómo armoniza las almas de los asistentes, ejercitándolos en los más bellos espectáculos, entreteniéndolos con magnificas audiciones y mostrando una belleza común del alma y del cuerpo”. Conseguir eso con música y ritmo, dice Licino, no puede ser motivo de censura sino de elogio.

Las respuestas a las acusaciones de Cratón son las siguientes:

1.- La danza no es algo moderno, sino que surgió con la primera generación del Universo. El movimiento de los astros es el primer ejemplo de danza.

2.- Tampoco es algo afeminado puesto que está claro en la historia de los pueblos que los hombres más bravos se convirtieron en danzantes y se entrenaban en la guerra con la danza. Además se convirtió en un instrumento divino y místico, imprescindible en los ritos de iniciación y en los sacrificios, por lo que denunciar la danza puede resultar impío.

3.- No es algo vulgar, ya que los grandes poetas, aquellos a los que podemos con toda justicia llamar forjadores de cultura, elogian la danza por encima de todo.

Además de esos argumentos, Luciano ofrece una breve comparación y crítica de la tragedia y la comedia con la danza y muestra las grandes cualidades que debe tener el bailarín: debe ser conocedor de las mejores historias, debe hacerse entender sin intérprete alguno, en él se da la máxima unidad de alma y cuerpo, asistir a ese espectáculo hace mejorar el carácter y nos convierte en más sabios y, en él, en el espectáculo y la perfección interpretativa del bailarín, los espectadores se reconocen como en un espejo. El diálogo lo cierra Cratón, que ha sido convencido por Licino de las virtudes de la danza, que le pide a este último que cuando vaya al teatro lo avise para asistir él también.

Si el diálogo consistiera solamente en este breve bosquejo y tuviera solamente la fuerza que he hecho en la exposición de su estructura, quizás no sería tan interesante como lo es de verdad. Digo esto porque si se atiende a las razones que da Luciano prácticamente todas son motivos que apelan a la antigüedad y al argumento de autoridad. Y eso no justifica hoy en día lo suficiente como para que aporte una verdadera comprensión de las cuestiones que tratamos. Vamos por ello a adentrarnos en las razones que acompañan a la estructura formal y que tanta riqueza le dan a este texto clásico.