Sobre el juicio artístico

Nuestra actitud frente a las obras de arte depende de nuestro gusto natural y de nuestra educación artística; mas también depende, y aun más fundamentalmente, de nuestra concepción del arte. Si creemos que el arte es un simple ejercicio de habilidad destinado a agradar o a distraernos un momento, o a representarnos bajo una forma agradable y fácil una imagen de las ideas que ya existían en nosotros, en este caso exigiremos de un cuadro o de una sinfonía que nos confirmen en nuestra visión de las cosas; y en ellas nos interesará el sujeto o materia tratada y exigiremos que ese sujeto sea tratado conforme a los conceptos que sobre él tenemos formados y que a nuestro modo de ver expresan la verdad respecto a él. Y juzgaremos la obra de arte como un objeto que nos pertenece y está sometido a nuestra disposición de ánimo. En tal caso no juzgamos en realidad la obra de arte, sino que nosotros somos juzgados por ella. Todo lo contrario sucede si pensamos que el arte es un esfuerzo creador de origen espiritual, y que nos entrega el yo más íntimo del artista y las secretas correspondencias que en las cosas ha percibido merced a una visión o intuición, propia de él y no traducible en ideas ni en palabras, y que sólo en una obra puede ser expresado.

En tal caso, esa obra aparecerá ante nuestros ojos como penetrada del doble misterio de la personalidad del artista y de la realidad que le emocionó. Y exigiremos de él que nos haga patente este misterio en el gozo siempre renovado que produce el contacto con la belleza. Interpretamos la obra de arte como el vehículo viviente de una oculta verdad a la que estamos sometidos juntamente nosotros y la obra, y que a la vez es la medida de la obra y de nuestro espíritu. En tal caso nuestro juicio es exacto porque no nos declaramos jueces, sino que buscamos ser dóciles a lo que la obra, si es buena, nos enseñará.

“El declive del imperio cartaginés”, (1817) – Joseph M. William Turner

La primera condición de ese juicio es una especie de consentimiento que precede a las intenciones generales del artista y a las perspectivas creadoras en que se encuentra colocado. Porque juzgar una obra de arte es ante todo tener la inteligencia de otra inteligencia; y antes de juzgar la obra es preciso que sepamos -y no solo que sepamos, sino que aceptemos- los caminos que la inteligencia del artista eligió para penetrar en los secretos de lo real y para expresarlos. Sólo en estas condiciones nos será dado discernir si el artista tenía verdaderamente algo que decir: lo cual constituye la primera y más indispensable etapa del juicio artístico. Por hábil que sea un artista y por perfecta que sea su técnica, si por desgracia no tiene nada que decirnos, su obra carece en absoluto de interés.

“El Beso”, (1908) – Gustav Klimt

La gran conquista del arte moderno y de la poesía moderna está en que ambos, y en un grado no alcanzado hasta ahora, han adquirido conciencia de sí mismos y del misterio espiritual en ellos contenido. Ambos han comprendido, y a veces pagándolo bien caro, que el primer deber del artista y del poeta consiste en ser inquebrantablemente fieles a su verdad, a la singular e incomunicable verdad que de sí mismos y de las cosas les es oscuramente revelada, y que luego tomará forma en la obra. Gran valor es necesario al artista y al poeta  -y aun el heroísmo es preciso al gran artista y al gran poeta- para permanecer fieles hasta el fin a ese elemento espiritual que encierra en sí todas las exigencias de un absoluto y no perdona la más mínima defección. Porque cuanto la verdad que les es personal es más profunda y decisiva, tanta mayor probabilidad tiene de aparecer en el momento a los ojos de sus contemporáneos como algo sin valor y hasta insensato; ya que el artista la ve y ellos no la han visto todavía; más tarde la verán merced a él y a sus sufrimientos. Ahora sabemos todos cuánto heroísmo de la virtud de pintor fue necesario para que la obra de un Cézanne viera la luz.

Y por supuesto que en estas condiciones el artista peligra grandemente, y que, para cuando un grande y auténtico creador triunfe en esta extraña lucha con el Ángel, muchos otros de menor talla han debido sucumbir.

Pero antes, si estos últimos han permanecido fieles a su propia intuición, aun de menor cuantía, y a su propio amor, aun miserable, alguna cosa superior a ellos, alguna pequeña partícula del cielo habrá sido por ellos alcanzada. Luego, aun cuando hubieran fracasado e irremediablemente sucumbido, su esfuerzo, lo mismo que su derrota, merecen nuestro respeto. El respeto ante el esfuerzo del artista, el sentido del misterio espiritual en el que va comprometida su labor creadora de hombre en lucha con la belleza, son prerrequisitos de todo juicio artístico digno de su objeto. El único artista que no merece respeto alguno es aquel que trabaja para agradar al público por el éxito comercial o por un triunfo académico.

No abogo aquí por la indulgencia hacia cualquier obra de arte aun sincera; y menos todavía en favor de las que explotan las verdades que acabo de recordar, para exhibir mamarrachadas que quieren pasar por cosa moderna o parto del genio ignorado. No pido que el juicio sea blando. Creo que cuanto más puro es el juicio artístico, más exigente es, y aun implacable. Tenemos derecho a pedir que ese juicio sea realmente un juicio artístico; pero que no pretenda juzgar al arte desde las alturas de una incompetencia siempre segura de sí misma e ignorante de las leyes y de la realidad interna de la cosa juzgada; que ese juicio tenga conciencia de la dignidad humana y espiritual de ese universo aparte, que es el universo de la creación artística, y que se apoye en un auténtico conocimiento de la estructura y de los principios de tal universo. Para esto, lo mismo que para cualquier otro asunto, es necesaria una educación, fundada a la vez, en un profundo estudio del pasado y en una atenta consideración de las investigaciones del momento actual.

Estas consideraciones tienen aplicación tanto para el arte sagrado como para el arte profano. Las artes litúrgicas dependen esencialmente de una tradición santa; mas esta tradición no es la de una escuela artística, por célebre que haya podido ser en el pasado; sino que es la tradición sagrada del dogma y de la vida de la iglesia que están sobre cualquier forma y modo de arte humano. Esta es la razón por la que la iglesia ha hecho suyas, en sus edificios y ornamentación, las principales formas de arte que se han ido sucediendo en el correr de los siglos: arte bizantino, arte románico, arte gótico, arte del renacimiento, arte barroco. No obstante, y esto es fácil de comprender, en la evolución del arte profano es donde las investigaciones, las inquietudes y las conquistas del momento actual se manifiestan más libremente y pueden ser estudiadas con mayor claridad.

Jaques Maritain

Exposición de arte degenerado. El término “Arte degenerado” (Entartete Kunst) es un término adoptado para describir al arte moderno, a favor del “Arte heróico”.

La teoría era la siguiente: el arte heroico simbolizaba el arte puro, la liberación de la deformación y de la corrupción, mientras que los modelos modernos desviaban de la norma prescrita por el canona de belleza clásica. Los artistas “puros” producían “arte puro”, y los artistas modernos, “inferiores o degenerados”, producían “obras degeneradas”.