Los despropósitos

El que está más ventajosamente dotado en las facultades del alma, si se encuentra con otros que o carezcan de alguna de ellas, o las posean en un grado inferior, se halla en el mismo caso que quien tiene completos los sentidos con respecto al que está privado de alguno.

Si se recuerdan estas observaciones se ahorrarán mucho tiempo y trabajo, y aun disgustos, en el trato de los hombres. Risa causa a veces el observar cómo forcejean inútilmente ciertas personas por apartar a otras de un juicio errado, o hacerles comprender alguna verdad. Oyese quizás en la conversación un solemne desatino dicho con la mayor serenidad y buena fe del mundo. Está presente una persona de buen sentido, y se escandaliza, y replica, y agudiza su discurso, y esfuerza mil argumentos para que el desatinado comprenda su sinrazón, y éste, a pesar de todo, no se convence, y permanece tan satisfecho, tan contento: las reflexiones de su adversario no hacen mella en su ánimo impasible. Y esto ¿por qué? ¿Le faltan noticias? No. Lo que le falta en aquél punto es sentido común. Su disposición natural o sus hábitos le han formado así; y el que se empeña en convencerle, debiera reflexionar que quien ha sido capaz de verter un desatino tan completo, no es capaz de comprender la fuerza de la impugnación.

J. Balmes

Hypatia (1885), Charles W. Mitchell

La pintura, realizada por Charles W. Mitchell, es una representación de la siguiente escena en la novela de Charles Kingsley de 1853 “Hypatia”:

Al verse libre de los sayones, dio un salto atrás y, desnuda como estaba, se irguió por completo, blanca como la nieve, a diferencia de la oscura masa que la rodeaba, clavando en ellos sus enormes ojos claros, rebosantes de indignación y vergüenza, mas sin asomo de miedo. Con una mano, se cubrió el cuerpo con sus dorados cabellos, mientras extendía el otro brazo hacia el Cristo silente, como si, en vano, el hombre pudiese apelar a Dio. Abrió la boca con intención de hablar, pero las palabras que llegó a articular sólo Dios pudo oírlas, pues al instante Pedro la derribó de un manotazo y la oscura masa se arrojó sobre ella… Y ya no se oyeron sino prolongados alaridos, penetrantes y angustiosos, que retumbaban por las bóvedas y que, en los oídos de Filamón, resonaron como la trompeta del ángel de la muerte.