Como sugerencia preliminar, recomendamos que a la par de leer este magnífico texto, escuches la pieza “Komm Susser Tod” de J. S. Bach, en esta excelente versión dirigida por nada menos que el británico Leopold Stokowski:

 

La muerte del poeta es su vida

Las alas negras de la noche cubrían la ciudad, sobre la cual había tendido la naturaleza una pura y blanca sábana de nieve; los hombres dejaron desiertas las calles buscando albergue y calor en sus casas mientras el vendaval azotaba hortales y jardines con furia devastadora. En los suburbios había una vieja cabaña cargada de una capa espesa de nieve, que la ponía al borde de la ruina. En un rincón oscuro se veía un pobre camastro en el cual yacía un joven moribundo, con los vidriosos ojos clavados en la luz mortecina de su lámpara de aceite, cuyo pabilo se estremecía bajo las ráfagas del viento. Era un hombre en la primavera de la vida, pero veía con toda claridad que la hora apaciguante de la liberación de las garras de la vida era inminente. Esperaba con alegría la visita de la muerte, y en su pálido rostro se reflejaba una aurora de esperanza; en sus labios una triste sonrisa; en sus ojos, la luz del perdón.

Era un poeta que se moría de hambre en la ciudad de los ricos. Había sido traído a la Tierra para vivificar el corazón de los hombres con sus hermosas y profundas estrofas. Era un alma noble, enviada por la Diosa del Entendimiento para consolar y endulzar el espíritu humano. Pero, ay, decía adiós con alegría al frío mundo, sin haber recibido una sola sonrisa de sus adustos moradores.

Estaba exhalando sus últimos suspiros y no tenía al lado más que su lámpara de aceite, única compañera de su cuita, y algunas hojas de pergamino sobre las que había volcado las emociones de su corazón. Con las escasas y marchitas fuerzas que le quedaban, alzó sus manos al cielo; movió los ojos desesperadamente, como queriendo perforar la techumbre de su albergue para ver las estrellas tras el espeso velo de las nubes.

-Ven -exclamó-, ven, Muerte hermosa; mi alma suspira por ti. Acércate a mi y desata las cadenas de mi vida, porque ya estoy fatigado de tanto arrastrarlas. Ven, Muerte dulce, libérame de mis vecinos, que me miraron siempre como a un ser extraño, porque les interpretaba el lenguaje de los ángeles. Date prisa, apaciguante Muerte, apártame de estas muchedumbres que me arrojaron al oscuro rincón del olvido porque no me desangro de flaqueza como ellos. Ven. Muerte bondadosa, envuélveme en tus blancas alas, porque mis semejantes no me quieren. Estréchame entre tus brazos, Muerte pía y misericordiosa; toca con tus labios amorosos los míos, que nunca saborearon un beso de madre, ni se posaron sobre las mejillas de una hermana, ni acariciaron los dedos de una amante. Ven y llévame contigo, Muerte amada.

Entonces apareció junto al camastro del poeta moribundo un ángel dotado de sobrenatural y divina belleza, que llevaba en la mano una guirnalda de lirios. Lo abrazó y le cerró los ojos; pero le quedó abierto el ojo del espíritu. Depositó un beso largo, profundo y ligeramente tenso en sus labios, donde le dejó una sonrisa eterna de plenitud. La cabaña quedó vacía, pero con los pergaminos y papeles que el poeta prodigó con amarga futilidad.

Centenares de años después, cuando los habitantes de la ciudad se levantaron de la modorra enfermiza de su ignorancia y vieron con los ojos despejados los albores de la sabiduría, erigieron en el jardín más hermoso de su capital un orgulloso monumento en honor al poeta, gracias a cuyas obras habían logrado liberarse. Y después, todos los años celebraban jubilosamente su memoria. ¡Qué cruel es la ignorancia del hombre!

Jalil Gibrán

Vanitas still life, 1630 – Pieter Claesz