Muchos de los textos generalmente aceptados para la enseñanza de la Literatura son insuficientes o estorbosos: unos por el atraso o superficialidad de los preceptos, otros por lo seco y pesado del estilo. Los hay excelentes, gallardamente escritos, de muy sólida y profunda doctrina, pero inaceptables, por su extensión, en una educación donde ocupa sitio secundario el estudio de las Bellas letras, estudio que no tiene en su abono, por causas que no apuntaremos aquí, la preparación debida y oportuna.

Además, los autores de esas obras, en su mayor parte andan mal informados, tal vez ayunos, de cuanto se refiere a los procedimientos del arte contemporáneo, maravilloso en sus aciertos, y digno de interés hasta en sus mayores extravíos.

En esos libros de que hablamos al principio sólo encontramos los cánones de la antigua retórica, los preceptos de Gómez Hermosilla (indiscutibles muchos) y vulgares rutinarias reglas, enlustrecidas malamente, enjalbegadas de prisa, y expuestas por modo tan árido y difuso, que quienes le estudian, aunque listos y aplicados, como no pueden comprender y estimar desde luego los principios fundamentales del Arte, sólo encuentran tinieblas y tedio donde la Belleza parecía ofrecerles algo de su misteriosa divina irradiación.

Deseosos de que para los aprendices sea simpático y amable el estudio de la Literatura, y no se reduzca a repetir de memoria definiciones infecundas y citas indigestas, como acontece en algunas escuelas, ni hacer de nuestra humilde cátedra trípode o trono del Fastidio, pensamos en traducir un texto extranjero, y en refundirle de la mejor manera que nos fuese dable.

Loren Entz art and literature fine arts
“Art and literature” – Loren Entz

El texto debía ser muy práctico, porque no se trataba de hacer literatos, sino de que los estudiantes aprendieran a hablar y a escribir bien, (para lo cual, como es sabido, no basta la Gramática) con objeto de que más tarde, en caso necesario, ya en el ejercicio de una profesión, ya en cualesquiera circunstancias de la vida, pudiesen expresar sus ideas, de palabra o por escrito, con la claridad y corrección necesarias y con la sencilla elegancia que corresponde a las personas cultas. Conocíamos un texto francés,  cuyo autor, con meritísimo empeño, procuraba hacer práctico el estudio de la Literatura, y para dictar sus reglas se colocaba acertadamente entre dos escuelas famosas, la clásica y la romántica, bajo cuyos estandartes han militado, militan y militarán (dígase lo que se quiera) por muchos años todavía, los artistas de la palabra, sean cuales fueren sus tendencias, sus procedimientos y sus ideales. Ese texto elegimos, y pronto principiamos nuestra labor; pero poco a poco notamos que era preciso seguir por otra senda, en atención a cuanto reclaman los nuevos procedimientos del Arte.

Esta orbita tiene mucho de Lefranc y de Burette (como lo tienen los libros de Albalat), y quien conozca el texto francés podrá decir que cuánto somos responsables y cuánto pertenece al distinguido preceptista.

Frecuentemente le hemos traducido con fidelidad minuciosa, porque no había motivo para variar o modificar sus párrafos, ni para enmendarlos ni para dar lo ajeno como propio, cosa imperdonable, por mucho que al presente, y en este linaje de libros, sea esto más común que el pan de cada día.

Hay aquí muchos ejemplos en francés, puestos para despertar afición a las literaturas extranjeras; uno que otro en latín; pocos en italiano; los más españoles e hispano-americanos. Y nos hemos complacido en consignar citas de autores coterráneos nuestros, hijos del estado de Veracruz.

A muchas personas causará extrañeza que hayamos dado poco lugar a los clásicos españoles de los siglos XVI y XVII. Esto quedará explicado más adelante, al tratar de la formación del estilo. Nos limitaremos a decir que cada época tiene el suyo, y que actualmente el estilo de aquellos célebres ingenios resulta para los estudiantes penoso, cansado, y casi siempre oscuro. Las lenguas se modifican y se perfeccionan, y si bien es cierto que pierden mucho de su carácter nacional y castizo, ganan, y no poco, en flexibilidad, soltura y eufonía. Digámoslo con el respeto que nos inspiran tales ingenios: ¡cuántos escritores contemporáneos, de tantos como al presente abundan en España, escriben mejor que muchos antiguos, cuya autoridad invocamos a cada instante!

¿Faltarán personas que apliquen a nuestras obras, y principalmente a ésta, las reglas y procedimientos en ella consignados? Sin duda que no. A jueces tan severos, si el caso llegare, contestaremos, o, mejor dicho, desde ahora contestamos lo que respondió el Caballero de Loyola a cierto mozo discretísimo -­­­más tarde maestro en el arte de escribir bien-, cuando el chico se empeñaba en corregirle las faltas que le había pescado en un sermón:

“Perico: ¡Qué le hemos de hacer a Dios!”

Rafael Delgado