¿Alguna vez te has sentido con la suficiente capacidad para realizar cualquier cosa que te propongas; así sea un arte, una ciencia o un deporte? O, en el equiparable caso contrario: no sabes cuál de todas estas posibilidades que existen para ti debes tomar, debido a la gran responsabilidad que implica llevar a cabo (y de una forma correcta) aquellas innumerables actividades que pretendes realizar.

Este texto no pretende darte la idea de “limitar” tus capacidades como persona, ni mucho menos como creador e investigador de conceptos artísticos, filosóficos, científicos, etc. Sin embargo, te proporcionará la perspectiva de Jaime Balmes (filósofo español, 1810-1848) respecto al tema de la universalidad, la cual puede ser de gran utilidad al momento de discernir qué es lo que en realidad quieres hacer en alguna circunstancia, sea trivial o crucial. 

 

Inconvenientes de la universalidad

El saber es muy costoso y la vida muy breve; y, sin embargo, vemos con dolor que se desparraman las facultades del hombre hacia mil objetos diferentes, halagando a un tiempo la vanidad y la pereza. La vanidad, porque de esta suerte se adquiere la reputación de sabio; la pereza, porque es mucho más trabajoso el fijarse sobre una materia y dominarla, que no el adquirir cuatro nociones generales sobre todos los ramos.

da Vinci genio teoría Balmes
Se dice que Leonardo da Vinci es una de las pocas personas en haber logrado ser pintor, anatomista, arquitecto, paleontólogo, botánico, científico, escritor, escultor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta, entre otras cosas, a la vez. Sin embargo, algunas teorías plantean que se trataba de una sociedad con genios de diversas áreas, los cuales trabajaban bajo el nombre de “da Vinci”.

Se pondera de continuo las ventajas de la división del trabajo en la industria, y no se advierte que este principio es también aplicable a la ciencia. Son pocos los hombres nacidos con felices disposiciones para todo. Muchos que podrían ser una excelente especialidad, dedicándose principal o exclusivamente a un ramo, se inutilizan miserablemente aspirando a la universalidad. Son incalculables los daños que de esto resultan a la sociedad y a los individuos; pues que se consumen estérilmente muchas fuerzas que, bien aprovechadas y dirigidas, habrían podido producir grandes bienes. Vaucanson y Watt hicieron prodigios en la mecánica; y es muy probable que se hubieran distinguido muy poco en las bellas artes y en la poesía; La Fontaine se inmortalizó con sus fábulas, y, metido a hombre de negocios, hubiera sido de los más torpes. Sabido es que, en el trato de la sociedad, parecía a veces estar falto de sentido común.

No negaré que unos conocimientos presten a otros grande auxilio, ni las ventajas que reporta una ciencia de las luces que le suministran otras, quizás de un orden totalmente distinto; pero repito que esto es para pocos, y que la generalidad de los hombres debe dedicarse especialmente a un ramo.

Así en las ciencias como en las artes lo conveniente es elegir con acierto la profesión; pero, una vez escogida, es preciso aplicarse a ella, o principal o exclusivamente.

La abundancia de libros, de periódicos, de manuales, de enciclopedias, convida a estudiar un poco de todo: esta abundancia indica el gran caudal de conocimientos atesorados con el curso de los siglos y de que disfruta la edad presente; pero, en cambio acarrea un mal muy grave, y es que hace perder a muchos en intensidad lo que adquieren en extensión, y a no pocos les proporciona aparentar que saben de todo cuando en realidad no saben nada.

Umberto Eco llamaba “anti-biblioteca” a su colección de aproximadamente 30,000 títulos en su biblioteca personal, pues aseguró con orgullo no haber leído la mayoría de ellos. “Entre más leemos aumenta exponencialmente el espacio de lo ignoto”.

Si la humanidad ha de progresar de una manera real y positiva, es preciso que se acuda a remediar este abuso; que se encajonen, por decirlo así, los ingenios en sus respectivas carreras, y que, sin impedir la universalidad de conocimientos en los que de tanto sean capaces, se cuide que no falte en algunos la profundidad y en todos la suficiencia. La mayor parte de las profesiones demandan un hombre entero para ser desempeñadas cual conviene; si se olvida esta verdad, las fuerzas intelectuales se consumen lastimosamente sin producir resultado: como en una máquina mal construida se pierde gran parte del impulso por falta de buenos conductos que le dirijan y apliquen.

A quien reflexione sobre el movimiento intelectual de la época presente, se le ofrece de bulto la causa de esa esterilidad que nos aflige, a pesar de una actividad siempre creciente. Las fuerzas se disipan, se pierden, porque no hay dirección; los ingenios marchan a la aventura, sin pensar a dónde van; Los que profesan con fruto una carrera, la abandonan a la vista de otra que brinda con más ventajas y la revolución, trastornando todos los papeles, haciendo del abogado un diplomático, del militar un político, del comerciante un hombre de gobierno, del juez un economista, de nada todo, aumenta el vértigo de las ideas y opone gravísimos obstáculos a todos los progresos.

J. Balmes