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El tiempo inexorable

El tiempo inexorable

Por encima de las luces amarillas que marcaban el horizonte, se encendían intermitentemente las luces rojas de las antenas que se encontraban en los edificios más altos. Un segundo encendían, y al siguiente segundo se apagaban; no lo hacían todas al mismo tiempo, ni con el mismo ritmo. La noche era tranquila, sin viento alguno que pudiese provocar el murmullo que suele producir al rozar con los árboles. Sólo se escuchaba a lo lejos el ruido sordo que originaba el silbato del ferrocarril que pasaba a unos cinco kilómetros de aquí. El ambiente fresco de la noche traspasaba la tela de mi abrigo. Mis manos, aunque permanecieran privadas de la intemperie, dentro de los bolsillos de lana, estaban entumecidas por el frío.

Pensaba en la vida y en la muerte; y pensaba en el tiempo, aquél que es imposible de vencer con cualquier tipo de suplicio. En medio de este barullo mental, se infiltró el sonido plañidero de las campanas de una iglesia que marcaban las doce en punto. Media noche. Y estas campanas me hicieron volver la mirada hacia la realidad que tenía en frente. Las luces rojas seguían parpadeando, a veces se igualaban unas con otras, como si de un concierto de ritmos polimétricos se tratase. Las miraba a todas y a ninguna a la vez, y noté el momento exacto en el que una de esas luces rojas se apagó, para no volver a encender. Entonces pensé en la vida y en la muerte, y en el tiempo.

16/12/2017,00:05-00:37