Las señales que indican en el exterior un mal pensamiento son siempre débiles, pero interiormente causan una impresión fuerte y profunda. El amor publica todo lo que siente; el odio, la ambición y la perfidia no dejan ver sino una falsa sonrisa; un ligero movimiento en los labios y una débil palidez que se extiende sobre el rostro de la persona a quien dominan, son solamente las señales que indican las pasiones fuertes. Para estudiarlas y juzgarlas, es necesario verlas sin ser visto; entonces es cuando se observan los pasos precipitados, la vista levantada al cielo, las manos juntas, el silencio de la desesperación que escucha con sobresalto, temiendo ser sorprendida en las zozobras que la agitan; entonces las facciones manifiestan los movimientos del corazón, cuyas penas son más notables al exterior, pero no dejan de atormentarla. La lucha convulsiva contra el dolor, el frío que pasma, o el fuego que consume, imprimen, a su vez, sobre la frente, un ardor que abrasa a un abatimiento profundo.

En este caso es cuando se necesita observar el alma del que queréis conocer, si acaso os atrevéis a hacerlo sin temblar. ¡Venid a ver cómo pasa las horas de su reposo, cómo la memoria de los años que aborrece destroza cruelmente su corazón agitado! Pero, ¿quién ha visto y quién verá jamás a un hombre de esta clase dando un libre curso a sus secretos pensamientos?

Fragmento de “El Corsario”, Lord Byron

“Mother and Child by the Sea” (Mor og barn ved sjøen), Johan C. Dahl